- El segmento corporativo y de inversión crece al 12% anual y concentra más del 37% de los ingresos regionales
- Un estudio identifica en la gestión estructural de la volatilidad —en condiciones de mercado no favorables— la clave del diferencial de rentabilidad regional
Un análisis reciente de McKinsey & Company pone en evidencia algo que los ejecutivos bancarios de la región saben por experiencia propia, pero que raramente queda documentado con esta precisión: los bancos latinoamericanos no solo sobreviven en entornos de alta volatilidad, sino que generan retornos que superan sistemáticamente a sus pares en mercados más estables.
Según el informe titulado Lo que el modelo de banca mayorista de América Latina enseña sobre la resiliencia, el sistema bancario de la región registró un Retorno Sobre el Capital (ROE) promedio de 16,1% entre 2021 y 2024. La comparación es contundente: Europa promedió 8,6% y Norteamérica, 10,9% en el mismo período. No se trata de una diferencia marginal, sino de una brecha estructural que merece explicación.
El segmento CIB como motor del resultado regional
La Banca Corporativa y de Inversión (CIB, por sus siglas en inglés) concentra buena parte del diferencial. Según McKinsey, este segmento representa más del 37,5% de los ingresos bancarios regionales y sostiene un crecimiento anual de aproximadamente 12%. Son cifras que posicionan al CIB latinoamericano como uno de los segmentos de mayor dinamismo dentro de la industria financiera global, no solo a escala regional.
Lo relevante del análisis no es solo la magnitud de los retornos, sino la hipótesis que los sustenta: la región no logra estos resultados a pesar de la inestabilidad macroeconómica, sino en parte debido a los mecanismos de gestión que esa inestabilidad obligó a desarrollar.
Cinco pilares que definen el modelo
McKinsey identifica cinco prácticas operativas que distinguen a las instituciones líderes de la región.
1.
El primero es la gestión dinámica del riesgo crediticio. Los bancos latinoamericanos con mejores resultados no esperan a que el ciclo se deteriore para actuar: utilizan estructuras de préstamos garantizados, apalancamientos conservadores, plazos más cortos y sistemas de alerta temprana basados en analítica de datos, todo con el objetivo de reducir tanto el consumo de capital como la severidad de las pérdidas cuando llegan los períodos de estrés.
2.
El segundo pilar es la profundidad relacional con los clientes corporativos. La alta concentración del flujo transaccional en los mercados de la región otorga a los bancos una visibilidad operativa inusualmente detallada sobre la gestión de efectivo, los pagos y las cuentas por cobrar de sus clientes. Esa visibilidad se convierte en ventaja competitiva cuando hay que reestructurar exposiciones en momentos de volatilidad.
3.
El tercero es el financiamiento a largo plazo diseñado a medida. Para los sectores intensivos en capital —energía, infraestructura, agroindustria— el crédito de largo plazo no se replica de un mercado a otro: se estructura caso por caso, en función de los modelos de flujo de caja específicos de cada empresa y de los marcos regulatorios locales de cada país.
4.
El cuarto pilar es la integración de inteligencia artificial. Los bancos de la región están incorporando aprendizaje automático en sus procesos de decisión crediticia, detección del fraude y análisis de cadenas de valor, con el objetivo de anticipar necesidades de liquidez antes de que se conviertan en problemas de cartera.
5.
El quinto elemento, y quizás el más específico del contexto latinoamericano, es la capacidad estructural de recuperación. En lugar de tratar los créditos en dificultades como una función residual, las instituciones líderes tienen equipos dedicados a «situaciones especiales» que combinan experiencia crediticia, legal y sectorial. La recuperación deja de ser una función defensiva para convertirse en una palanca de creación de valor.
Una advertencia implícita en los datos
El informe cierra con una conclusión que tiene tanto de prescripción como de advertencia: la rentabilidad observada no es un piso garantizado. Sostenerla depende de mantener un modelo operativo integrado que articule la originación de créditos, la asignación de balances, la distribución y la banca transaccional como un sistema único, no como funciones paralelas.
Para los actores financieros internacionales que evalúan América Latina desde afuera, la lectura de McKinsey es clara: el diferencial de retornos no refleja mayor tolerancia al riesgo sin más. Refleja la construcción deliberada de capacidades operativas para dominar la volatilidad como condición permanente, no para tolerarla mientras dura.





