El autor de este contenido es
Ramón Heredia Jerez
experto en Tecnología y Transformación Digital, Cofundador del Grupo Digital Bank,
inversionista ángel y mentor de startups y autor de numerosos libros, entre ellos,
La revolución digital y el futuro de los servicios financieros
El martes 28 de abril de 2026, la Comisión para el Mercado Financiero de Chile
brilló por su ausencia en el Fintech Forum. Por primera vez en la historia del
evento, el regulador no fue. No mandó representante. No envió un mensaje
grabado. Simplemente no estuvo.
Ese silencio dijo todo lo que las palabras no quisieron decir.
Días antes, la CMF había propuesto postergar la entrada en vigencia del Sistema de Finanzas Abiertas hasta julio de 2027 — un año más de espera sobre lo ya prometido. Los bancos y el retail financiero aplaudieron. Veintisiete empresas fintech firmaron una carta de protesta. La Bancada Startup envió un oficio exigiendo claridad. Y el ecosistema que Chile tardó años en construir encontró, de golpe, que estaba dividido en dos bandos que se miran con desconfianza. Tengo algo que decirles a los dos.
La tesis que incomoda a todos
Los bancos que celebran el retraso están cometiendo un error estratégico que van a lamentar. Las fintechs que piden que todo funcione mañana están ignorando lecciones dolorosas que ya pagaron otros países. Y el regulador que se ausentó del debate más importante del año está dejando un vacío que solo genera más ruido.
La velocidad correcta no es «lo antes posible» ni «cuando estemos listos».
Es la velocidad que protege al cliente, que es viable técnicamente y que construye confianza en el largo plazo. Esa velocidad existe. El problema es que nadie en Chile está hablando de ella.
Lo que el mundo ya aprendió
En El Dinero Cuántico, el libro que publiqué este año, dediqué un capítulo
completo a los casos internacionales de Open Finance con una instrucción clara para mí mismo: no solo mostrar los éxitos, sino ser honesto con los fracasos.
Y hay tres lecciones que Chile no puede ignorar.
Brasil es el modelo que todos quieren copiar (y nadie hace lo que este país hizo). El Banco Central de Brasil lanzó su marco de Open Finance en 2021. Hoy tiene 61,9 millones de consentimientos activos. Funciona porque hizo algo que nadie quería hacer: fijó estándares técnicos obligatorios, calendarios no negociables, y mecanismos de supervisión con consecuencias reales para quienes no cumplían.
No fue consenso: fue convicción regulatoria. El resultado: cualquier
desarrollador en São Paulo puede construir una aplicación que funciona con los 200 bancos participantes sin adaptar código para cada uno. Eso no se llama apresuramiento. Se llama liderazgo.
El Reino Unido llegó al techo antes de tiempo. Fue el primer país del mundo con Open Banking moderno, en 2018. Hoy tiene 15 millones de usuarios activos. ¿El problema? Se quedaron en el Open Banking puro —solo datos bancarios— y el salto al Open Finance completo fue políticamente lento.
Mientras tanto, algunas fintechs que levantaron capital con promesas de adopción rápida cerraron antes de encontrar rentabilidad.
La lección:
no basta con abrir los datos y esperar que el mercado se articule solo. Se necesita hoja de ruta clara desde el primer día».
Australia falló por exceso de ambición. Canadá falló por exceso de caución.
Australia diseñó el modelo más ambicioso del mundo — el Consumer Data Right, que abría datos de bancos, seguros, energía y telecomunicaciones al mismo tiempo. Las reglas resultaron tan complejas que la adopción fue mínima. En 2024 tuvieron que hacer un reseteo de política reconociendo el fracaso. Canadá, al revés, anunció su marco en 2019 y en 2023 apenas había nombrado un responsable. Sus fintechs siguen usando screen-scraping — tecnología insegura — para hacer lo que en Brasil se hace con APIs reguladas. Como escribí en el libro: Australia falló por exceso de ambición en la ejecución. Canadá falló por exceso de caución política. Latinoamérica puede aprender de ambos: el ritmo correcto importa tanto como la dirección correcta.
Chile hoy está en el cruce entre los dos caminos.
La historia que explica por qué esto importa de
verdad
Fernanda vive en Tepito, Ciudad de México. No tiene historial crediticio formal.
Cuando necesitó un crédito para su negocio, el banco le dijo que no. La fintech
Kueski dijo que sí (en cuatro minutos, usando datos alternativos que los bancos tradicionales ni miran). Hoy Fernanda tiene un negocio que funciona.
Esa historia no es posible sin datos. No es posible sin APIs. No es posible sin Open Finance.
El 40% de los adultos latinoamericanos no tiene historial en burós formales. Para ellos, el Open Finance no es una discusión técnica entre reguladores y startups.
Es la diferencia entre tener o no tener acceso al sistema financiero.
Cada año de retraso regulatorio no es un año ganado para prepararse mejor. Es
un año más en que Fernanda le sigue diciendo al banco que necesita crédito y el banco le sigue diciendo que no.
Los bancos que celebran la postergación deberían mirarse en ese espejo.
La caja de Espacios Vacíos
Apliquemos la metodología al debate que tiene paralizado a Chile.
Activos:
Chile tiene una Ley Fintech promulgada en 2023, una CMF con
capacidad técnica, un ecosistema fintech activo, y bancos con infraestructura
robusta. El marco legal existe. Los actores están. Lo que falta es dirección
compartida.
Espacio Vacío:
La mesa de coordinación técnica entre regulador, bancos y
fintechs que nunca se formó de verdad. Brasil la construyó, se llama Open
Finance Brasil, y es la entidad que define y mantiene los estándares técnicos que todos los participantes deben cumplir. Chile no tiene equivalente. Cada banco está esperando ver qué hace el otro. Las fintechs están construyendo sin estándares claros. El regulador está redactando normas sin implementadores comprometidos.
Cluster:
Las personas que más necesitan que esto funcione no están en la
discusión. No son las fintechs ni los bancos. Son los tres millones de chilenos
subbancarizados, los microempresarios que no califican para crédito formal, los migrantes que llegaron al país con historial financiero cero aunque pagaron
puntualmente en su país de origen durante años.
Dolores:
Un emprendedor chileno que pide crédito en tres bancos distintos tiene
que entregar su información financiera tres veces, en formatos distintos, a evaluadores que no pueden ver su historia completa.
Un fintech que quiere construir un producto de crédito alternativo no tiene APIs estables en qué apoyarse. Una persona con historial perfectamente bueno en otro banco no puede usarlo como garantía en el banco donde pide el crédito. Todo ese costo lo pagan los usuarios, no las instituciones.
Plaza Digital:
WhatsApp, Instagram y TikTok es donde viven los clientes que los
bancos no están alcanzando.
Las fintechs saben llegar ahí. Lo que necesitan son los datos para hacerlo con responsabilidad.
Startup/Solución:
Belvo, la empresa latinoamericana que construyó el
equivalente a Plaid para la región, ya tiene más de 80 fintechs conectadas. Finerio Connect hace lo mismo para cooperativas. El mercado no está esperando que el regulador lo organice todo: está construyendo igual. La pregunta es si lo hará sobre infraestructura regulada y segura, o sobre workarounds que son más riesgosos para el usuario final.
El mensaje que no es solo para Chile
Este debate se va a repetir en Colombia, en México, en Perú, en Ecuador. En distintos momentos, con distintos actores, pero con la misma tensión de fondo: los incumbentes que quieren más tiempo y los innovadores que quieren menos obstáculos.
Mi postura es clara y no cede a ninguno de los dos bandos: el Open Finance bien implementado no amenaza a los bancos — los transforma en plataformas más valiosas.
El Banco Inter en Brasil pasó de ser un banco digital a un ecosistema
donde los ingresos por comisiones y servicios superaron por primera vez en su
historia a los ingresos por intereses. Ese banco creció con Open Finance, no a
pesar de él. Pero el Open Finance mal implementado sí hace daño. Si el regulador cede a la presión política y publica normas incomprensibles, el costo de cumplimiento lo va a pagar el ecosistema completo durante años.
Si las fintechs exigen velocidad sin condiciones, los primeros afectados ante una brecha de seguridad van a ser los clientes más vulnerables — que son exactamente los que dicen querer proteger.
La región necesita reguladores con convicción, no con miedo. Necesita bancos
que entiendan que su ventaja no está en bloquear a los competidores sino en ser mejores plataformas. Y necesita fintechs que construyan con responsabilidad, no solo con velocidad.
La inclusión financiera de los 650 millones de latinoamericanos que merecen
servicios financieros dignos no es un argumento de marketing. Es la razón por la que todo esto importa.
¿Va Chile a mirar cómo Brasil lo hace desde las gradas — o va a decidir que
puede construir su propio modelo con la misma convicción?
Comparte el conocimiento y disfruta el viaje.





